¿Qué es ser mujer?

¿Qué es ser mujer, es bajar las manos a nuestra intimidad y encontrarnos con una concavidad? ¿Es, como dice Aristóteles, ser hombres imperfectos, castrados, irracionales? ¿Acaso tiene razón Schopenhauer cuando promulga tenemos el cabello largo y las ideas cortas; o Pitágoras acertaba al decir somos caóticas, desordenas, procedentes de la oscuridad? Para Erasmo de Rotterdam somos la viva imagen de la estupidez y de la locura. Simone de Beauvoir promulga nuestros cóncavos, nuestros senos, nuestra sangre no tienen relevancia, nos hacemos mujeres, no nacimos siéndolo.

Platón se apiada de nosotras, pobres seres que están atenidas a sus casas, nos llama, no les falta la capacidad sino la oportunidad de que las dejemos participar en la vida. ¿La vida es solo la que estaba afuera de las cuatro paredes, mientras nosotras estábamos atenidas a la cocina?

Engels sostiene que cuando los seres humanos éramos primitivos y errantes (más de lo que somos ahora), antes del inicio del tiempo que conocemos, hombres y mujeres, respetaban sus tareas, ellos salían a conseguir comida, ellas preparaban los alimentos y se cuidaban mutuamente; con el paso del tiempo nos volvimos sedentarios, la mujer se quedó en la casa, pariendo, regando su sangre en los cultivos para que la tierra fuera fecunda y el hombre le tuvo miedo. El hombre tuvo miedo de ver como la vida podía preñar a la mujer y como está podía preñar de vida a la tierra y asustado y temeroso, de sentirse inferior, sometió a la hembra.

Marx, en su lucha de clases, manifestó nadie debe estar sometido ante nadie, ni el obrero al patrón, ni la mujer al hombre. La única forma que tenemos, para él, de recobrar la libertad que se nos quitó al taparnos los ojos, clausurar nuestra boca y esclavizar nuestras manos es lograr nuestra independencia económica, no depender de ningún hombre. Antes del comunismo, Pierre-Joseph Proudhon nos dejo las cosas bien claras: O aprendemos las labores del hogar o vendemos nuestro cuerpo, no tenemos ninguna opción más.

En Occidente, el tipo ideal, lo propio del hombre es ser un ser racional, intelectual, fuerte y a las mujeres nos toca ser un ser irracional, sentimental, débil. En Oriente los roles cambian. En algunas tribus de África la mujer sale a la caza y el hombre se queda preparando los alimentos. Hemos tenido, de acuerdo al tiempo y al lugar donde nos encontremos situadas, diferentes características, pero siempre las cualidades que se nos han sido otorgadas son las que se consideran inferiores, no gratas. Hemos pasado a la historia, la mayoría, siendo objetos sexuales o esposas.

Se nos ha dicho debemos ser sumisas, abnegadas, calladas, obedientes, inútiles y tontas. Nuestra cabeza fue educada, por años, para quedarnos en casa, mantenerla limpia, planchar, lavar, barrer, trapear, tender camas, abrir las piernas cuando él lo requiera, cuidar a los hijos. Ahora nos restriegan que lo único que conseguimos, gracias al feminismo, es pasar de ser escopetas en una esquina a ser neuróticas, dramáticas, histéricas, incomprensibles, sentimientos andantes, cursis, machorras, tortilleras, putas, solteronas, dejadas, amargadas, locas. Y todo lo anterior, por supuesto, para la sociedad es negativo. Todo lo anterior, por supuesto, está en relación a lo que el hombre no es.

En la sierra Chimalapa en Oaxaca nos seguimos casando a los catorce años con hombres que nos duplican, que nos triplican la edad. Nos seguimos casando con hombres que en lugar de construirnos personas en nuestro taller interno, como recita Gioconda Belli, nos hacen desear estar en otro lado, en cualquier lado, para dejar de experimentar el dolor entre las piernas, para dejar de sentir nos estamos quebrando y nadie nos va a reparar. Con las estaciones y la resignación nos convertimos en muñecas de madera ante manos que nunca han sabido como tocarnos.

En el Istmo de Oaxaca lo único que esperamos es que nos roben, el aviso a nuestros padres, que la panza crezca y si el “chamaco se nos cae” entonces no fuimos, lo suficientemente, buenas. Nuestra existencia se conforma por momentos, ser hijas primero, novias después, esposas más tarde y al final, madres. Si el ciclo se rompe el llanto nos inunda, si el ciclo se rompe nos hacemos pequeñas e imitamos con nuestro cuerpo y tristeza la posición del niño que nunca llegamos a ver nacer.

Nos abren las piernas a fuerza, a una fuerza brusca, denigrante, nos abren las piernas a fuerza de odio, golpes, insultos y desesperanza. Nos abren las piernas en baños sucios, apoyadas contra la mugre y nuestras lágrimas, en callejones oscuros, a plena luz del día mientras los transeúntes pasan. Nos besan con alcohol en la boca, con vómito en la boca, con drogas en la cabeza, con sudor apestoso en sus ropas, con una pistola entre nuestras piernas, con pantalones atorados en sus tobillos. Nos poseen incestuosamente, salvajemente, indiscriminadamente. Nos convierten en huecos vacíos receptoras de sus fluidos. Ignoran nuestros gritos, nuestras suplicas, nuestros rezos. Se aprovechan de nuestras tardanzas, de nuestra admiración, de nuestra ingenuidad, de nuestros sueños, de nuestras luchas. Desgarran nuestras ropas, nos acomodan a su preferencia, comparten con nosotras el anonimato, la amistad, la familiaridad, la religión, la escuela o el matrimonio. Nos violan, en México, cada cuatro minutos. En el mundo cada dos. En Cd. Juárez nos matan.

Entonces, ser mujer: ¿Es ser un pedazo de carne?

Hacemos el mismo trabajo, entramos a la misma hora, salimos por la misma puerta y ellos siguen ganando más que nosotras, pero eso sí, sin falta, tenemos, puntual, el acoso sexual, las miradas lascivas, los chistes despectivos, la subestimación. Hacemos, para el mundo, las dos tercias partes del trabajo total y el mundo nos paga solo el diez por cierto de nuestra labor. Por generaciones hemos hecho de construcciones, de cemento, madera o cartones, hogares y solamente el uno por ciento de las propiedades en los seis continentes está a nuestro nombre.

En la presentación de “El país de las mujeres” de Gioconda Belli, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la autora aseguró ninguna mujer quiere abortar, nadie quiere dar muerte cuando puede dar vida, pero dar vida para nosotras significa perder nuestro hogar, nuestra reputación, nuestro trabajo, nuestra carrera, nuestras aspiraciones, nuestra tranquilidad. No abortamos por odio o por falta de amor, abortamos por miedo, por presión, por el asco de recordar la gestación, abortamos para no perdernos y terminamos perdiendo a quien, seguramente, sería a quien más querríamos. El aborto es la burla del gobierno a las mujeres, en lugar de educarnos, de cuidarnos, de ayudarnos, nos dejan acostarnos, cerrar los ojos y sentir como a un ser humano vomitamos.

Entonces, ser mujer: ¿Es ser víctima?

Sufrimos la desigualdad que nos vuelve víctimas, más no somos, tan solo, eso. Nuestros padres, nuestros tíos, nuestros hermanos, nuestros dirigentes políticos y educativos siguen, algunos, creyendo que invertir en nosotras es pérdida de tiempo y de dinero y cada año setenta millones nos quedamos sin educación formal.

Nacimos tontas, proclaman, con que sepamos sumar y restar para llevar las cuentas de la casa es suficiente. Con que sepamos como dar pecho, como atender al marido y guisar unos buenos huevos a la mexicana, con eso basta. ¿Leer? ¿Multiplicar? ¿Tener un título? “Pa que, dicen, luego se alebrestan y ya no quieren cuidar a los chamaquitos.¿Qué es eso de andar viendo a mujeres con pantalones, besándose unas con otras, haciendo el trabajo de los hombres? No, en mis tiempos no se veía eso, la mujer en su casa, con su falda, con su nixtamal, como debe de ser, como Dios manda. Ahora, eso de que el marido las golpea es puro cuento, ellas deben de saber como tratarlo a uno, torearlo, si uno no es mala gente, lo que pasa es que ellas nos hacen enojar y luego luego van de chismosas con la vecina. Los trapos sucios se lavan en casa… ¿Qué necesidad tiene la gente de andarse enterando de las intimidades de uno? Y no crea, luego hay unas bien cabronas, hay esta la mujer de mi compadre que lo engañó con el de la tortillería… O las que ya no quieren tener hijos, uno debe de tener los hijos que Dios le mande, hay día a día se va viendo como se educan y darles sus buenas tundas, yo me acuerdo que a mí mi papá me golpeaba con el cinturón ¿Y a poco me traumé? No, esas son puras chingaderas de ahora”.

Golpeadas, violadas, sobajadas, manipuladas, insultadas, menospreciadas, acosadas, aterrorizadas, despreciadas, violentadas, heridas, traumadas, ignoradas, magulladas, cansadas, hastiadas, quebrantadas, vulnerables, transgredidas, privadas, manoseadas, usadas, humilladas, burladas, desfavorecidas, hostigadas, asediadas, perseguidas, acobardadas, horrorizadas, obligadas, forzadas, utilizadas… No. Ser mujer no es ser un pedazo de carne, no es tener una vagina entre las piernas, no es ser víctima… Ser mujer es luchar cada día, en cada pedazo de mundo, para seguir con vida.

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