Cuando se levanten en armas

Una parte del pueblo está cansada, aunque lo diga más en palabras que en actos, de su pobreza. El pueblo está cansado de las jornadas largas de trabajo, de la explotación, del acoso sexual, de las violaciones, del mal trato, de la mala remuneración económica, de la pésima educación, de los precios altos de la canasta básica. Está cansado de solo poder comprar la canasta básica.

Están hartos de no traer dinero en el bolsillo, de contar hasta las últimas monedas, de que la comida no alcance, de no poder salir a comer a la calle, de no tener que comer en la casa, de no tener casa, de pagar la renta, de no poder estudiar, de que los lugares en las instituciones de educación pública se llenen antes de que sus hijos ingresen, de no poder comprar los útiles escolares, de privarse de muchas cosas para poder comprar otras.

Están agotados de levantarse a las cinco de la mañana, de tener que trabajar bajo el sol, de que el precio de las chelas y los cigarros aumenten, tener que vestirse con lo que les salga más barato comprar y no con lo que les gusta más. Sobre todo están cansados, agotados y hartos de ver a otras personas en carros y ellos tener que tomar el camión repleto de gente, sudores y olor a orina, de verlos salir de supermercados con nombres impronunciables con el carrito rebozando.

Entre todos ellos, los jóvenes son los más enojados. Hablo de esos jóvenes que utilizan, regularmente, en sus conversaciones las palabras “fascismo”, “discriminación”, “injusticia”, “ratas ricas”, “alta suciedad” y “venganza”. Hablo de esos jóvenes que cuando protestan no se quejan de no tener educación, sino de no tener en sus salones el aire acondicionado, los escritorios con sillas cómodas en lugar de los mesabancos rayados y rotos. Hablo de los que se quejan de no tener los tenis, los lentes, los carros, la ropa de marca. De los que protestan no poder salir a gastar el dinero, sin tener consecuencias, en el piste con los cuates. Me refiero aquellos que odian no poder asistir a una universidad privada, no por el nivel educativo, sino por no tener el plástico con el que el mundo ignorante los reconoce de cierto “status” social.

Ellos no piensan en conseguir una igualdad de oportunidades, sino en conseguir la cartera con el águila. Su enfoque esta concentrado en escalar en la pirámide jerarquizada de la riqueza, no en destruir esta pirámide. Su objetivo es ser un eslabón favorecido por el capitalismo, por la globalización y el neoliberalismo y no con acabar con los sistemas políticos/económicos que cada vez hacen más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

Sueñan con las casas lujosas, con el carro del año, con imitar a los otros, a los que tienen, en su forma de vestir, comportarse, hablar, socializar. Sueñan con tener sirvientes y poder vivir cómodamente sin trabajar, sin estudiar. Sueñan con pegarle al gordo. Su falta de asimilación de la critica a la sociedad de Los Simpson, los ha hecho creer que ese es el prototipo familiar adecuado e ideal para seguir. Su mente llenada, a fuerza de años, constancia e ignorancia, de telenovelas y series las hace a ellas querer ser Antonella y a ellos querer ser Charlie Seen.

Y cuando esos jóvenes, sedientos de dinero, lujo y poder, se levanten en armas o tengan armas, vamos a sufrir las consecuencias de haberles hecho creer que el mundo tiene categorías, status y códigos postales que definen quien es el mejor y quien no.

Mientras sigamos consumiendo desmedidamente y poniendo nuestra autoestima y reconocimiento en precios, lugares, marcas y el número de visas en el pasaporte, vamos a seguir aumentando su odio, su desprecio, también nuestra inseguridad. Mientras no sepamos repartir equitativamente los bienes, los recursos, las oportunidades; mientras nuestra educación no mejore y nuestra idiosincrasia de que un mundo mejor no es donde todos tengamos sino donde yo tenga más que los otros no cambie; nos vamos a hundir en un abismo de desprecio, vamos a seguir aumentando al monstruo al que Locke dio creación, vamos a seguir alimentando la idea de Hobbes de que el hombre es el lobo del hombre, la idea de Spencer de que solo el más apto sobrevive (y nuestra idea de adaptación es sinónimo de cuantos números tiene la cuenta bancaria).

Estos jóvenes nos odian a las clases medias y aborrecen y abominan a las clases altas y lo más odioso es que tienen razón. No les doy la razón de querer, a costa de todo y de todos, el sueño americano (al que tenemos que empezar a llamar sueño latinoamericano), pero si de que se den cuenta de que unos tienen más que otros, de que se den cuenta de que otros les han robado su dinero para acumularlo y así obtener los títulos de “ricos”, “importantes”, “ejemplos a seguir” y “señor”. La sociedad los ha hecho odiar al pagar siete veces más el precio de unos lentes, de una bolsa, de un carro, de una camisa, de un pantalón, de un cuaderno, de una casa, simplemente por las iniciales que traían grabadas, simplemente por la colonia donde está ubicada y de restregárselos, de presumírselos, en la cara, con crueldad, con sorna, con burla. La sociedad los ha hecho odiar al tratarlos como seres humanos inferiores, al tratarlos con lástima, con desprecio, con arrogancia y altanería.

Y los han hecho odiar más, después de que ellos por medios legales o dudosos han obtenido el dinero que tanto anhelaban, al llamarlos “nuevos ricos”, “ricos sin pedigrí” (¿Qué acaso son perros?) y decirles: “Bien, tendrás el dinero, más no el abolengo”, “Con estilo se nace, el estilo no se compra”, “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Cuando esos jóvenes (que lo son ahora o ya no lo son) se levanten en armas, tengan armas y recluten a otros, también ávidos de poder, dinero, respeto y status, todos, sin excepción, sin distinción de cuentas bancarias, vamos a sentir las balas rozándonos, alcanzándonos y todavía vamos a tener la ingenuidad de preguntar porqué.

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