Receta para preparar recuerdos en la lluvia

Pon la llave que se te perdió el día anterior, la culpable de que ese día no hayas comido mas allá del desayuno, en una de las tres puertas negras que cierran la cocina, gira la llave y entra. Saca del refrigerador los mismos ingredientes que utilizaste en la mañana para hacer la misma comida, que ahora vas a hacer, pero mejorada. La tabla de picar y el cuchillo deben ya de estar sobre la mesa improvisada, que es en verdad una estufa antigua con cinco fogones. Coloca encima de ella los ingredientes, el medio kilo de carne molida, que ahora es un puño menos de lo que compraste, una bolita de chorizo, la media cebolla que queda, el pedazo de queso manoseado por ti misma.

Sal al corredor y date cuenta empieza a pringar. Pasa por alado de un bote que contiene basura de baño que nunca tiraste, y que solo tiene envases de productos que empleaste en tu cabello. Camina unos pasos más e inclínate sobre una mata, mientras un chorro de agua persistente te cae en la espalda, recoge unos chiles de esa planta, que no sembraste, que no sabes como, pero un día apareció en ese lugar sin explicación. Siéntete orgullosa de consumir un producto que brota de la tierra.

Entra a la cocina con tu puño cerrado que encierra los chiles, abre el puño, coloca los chiles sobre la mesa. Da la vuelta, toma el cuchillo, parte la cebolla, fina, pasa el cuchillo de nuevo por lo que ya esta picado para hacerlo más fino. Ahora toma un chile, con tres tajadas ya acabaste con él, haz lo mismo con todos los chiles, con cada uno de ellos y lo que antes te parecía mucho picante, ahora te parece muy poco. Ve a los trastes limpios, toma el sartén pequeño, piensa bien y di que mas da, estoy sola, no voy a cenar, que más da si me acabo la carne, el chorizo… Que más da y toma el sartén grande.

Toma el fosforo, fracasa al prenderlo, fracasa otra vez, lógralo, gira la perilla de la estufa, enciende la lumbre. Piensa que es bueno que solo llueva, si hay relámpagos tienes que ir a apagar una radio comunitaria que esta a tu cuidado. Piensa que a unas cinco cuadras hay un festejo con caldo de pollo para un cumpleañero, al cual te invitaron, al cual quieres ir, pero la lluvia y el miedo que un rayo caiga justo encima de la antena de la radio no te permiten moverte de tu lugar. La lumbre ya está prendida, el aceite está a la mano.

Ves la cebolla  y te das cuenta es muy poca, mucha para un sartén pequeño, insuficiente para esta nueva decisión de dimensión de sartén. Deja que la lumbre siga, ve desde lejos como el fuego tiene colores azules y anaranjados pero nunca rojos como nos hacen creer en todos lados. Parte más cebolla. Date la vuelta, ve de nuevo hacia los trastes limpios, toma una jarra que apenas ayer lavaste, y que estuvo en el refrigerador con los restos de una agua de horchata de avena desde hace siglos, llénala de agua, abre de un tirón la bolsa de zuko Jamaica y por una vez en la tarde que se vaya a la chingada el hecho de que solo es agua decolorada.

Lleva el sartén al fuego, rocía un chorro de aceite que es más de lo necesario, pero no lo equilibres, por este día vas improvisar en las medidas. Sofríe la cebolla, porque la cebolla durante toda tu vida no te gustó, y menos cruda, pero ahora descubres que casi quemada tiene un sabor que te agrada, sigue sofriendo. Date cuenta de que en verdad si es más aceite del necesario, sonríe y déjalo ser. Dale vuelta una y otra vez a la cebolla, ahora agrega los chiles. Tose una, dos, no tres veces por el olor.

Toma en tus manos la bolita de chorizo y maldícete, por haber utilizado toda una bola en la mañana para preparar la miniatura de lo que ahora preparas. Tómalo entre tus manos y exprímelo, hasta que en el sartén esté todo el chorizo y en tus manos solo el plástico.

Mientras hiciste lo anterior, dejaste (aunque te maldeciste en la mañana por hacerlo y prometiste no repetirlo) la cuchara en el sartén y maldice cuando la agarras y te quemas, pero te aguantas y aplastas el chorizo y le das vuelta, una, otra vez, para que se revuelva con la cebolla que se empieza a quemar y con el chile que empieza a desaparecer.

Toma la bolsa de plástico donde se encuentra la carne molida y vacíala toda, sin pensar, en el sartén. Luego piensa que esa carne se tiene que preparar previamente con sal y ajo, sonríe, que te valga, nunca te ha gustado la comida salada y odias el ajo con toda tu alma. Recuerda cuando de pequeña tu tía lleno todo el arroz blanco de partes enteras de él y tú ingenua te lo comiste todo y estuviste toda la noche eructándolo.

Oye la lluvia que cae, ve por entre la puerta abierta el pasto que se moja. Piensa que estas sola en cuatro hectáreas, a menos de un mes de finalizar tu voluntariado jesuita. Sonríe, en verdad te gusta la soledad, te gusta este momento. Te gusta saber que cuando llegaste no traías nada. Rectifica después que desde el momento en que te venias de voluntaria, en ese preciso momento en que todavía no entendías todo lo que esa palabra conllevaba ya empezaste a construir algo y ahora te vas con más cosas construidas y con ideas, por fin, ideas que construir.

Te gusta saber que siempre has sido un fiasco en la cocina y sentirte grande por esa receta que no tienes idea de donde la sacaste, pero te esta gustando su proceso. Te gusta saber que eras un desastre que cocía el arroz para hacer agua de horchata, confundía la calabaza con un chayote, le ponía puñados de sal al arroz y su espagueti rojo parecía yogurt de fresa. Y ahora, no sabes como, secretamente, presientes que esto que se está cociendo va a quedar rico. Vuelves a corregirte lo sabes porque en la mañana lo hiciste, y quedo como esperabas, y ahora ya con experiencia quedará mejor, aunque hay algunos errores que has vuelto a cometer. Sabes que todos tus fracasos culinarios morirán ante este éxito, no hay nadie que lo vea,  ahí estas tú y es tú comida.

Mientras pensabas esto, apachurabas la carne molida para que se cociera, y no la dejabas de mover, una vez te dijeron que la tenias que dejar reposar, pero que diablos esta vez es a tu manera y revuelves una y otra y otra vez. Piensas que te gustaría comerla así calientita, acabada de hacer, probar el primer bocado en cuanto el fuego se apagué. Pero sabes que no puedes hacerlo porque te falta calentar las tortillas, que estuvieron envueltas en su papel en el refrigerador de la mañana a la tarde. Recuerdas que en el congelador hay un agua, que esperas ya se haya enfriado, está, pero no lo suficiente, sacas hielo, golpeas contra la mesa los cubitos y el agua congelada cede y la vacías sobre la jarra y vuelves a ponerla en el congelador.

Te das la vuelta y el olor ya te esta llegando, mentira, nunca has tenido un buen olfato. Pruebas un poco con esa cuchara enorme que jamás te cabra en la boca. Reconoces que después de todo la sal si era necesaria, ve por el frasco donde se encuentra, agarra dos pizcas, sabes que nunca has sido buena midiendo la sal, y no quieres arruinar esa comida, así que con miedo dejas que esta se impregne en tus dedos y luego la tiras al suelo. Sigue moviendo la comida, no dejes de moverla, una y otra vez. La lluvia no ha parado, esta lloviendo en Junio todo lo que no llovió en Mayo.

Sigue moviendo, sabes que ya esta, esparce el guisado por todo el sartén que no quede ningún espacio sin utilizar, vuelve a remover, vuelve a esparcir, remueve otra vez, date cuenta se comienza a pegar. Apaga la flama que no querías apagar, para poner el comal con las tortillas, pero tienes que apagarla, porque no encuentras el trapo con el cual agarrar el sartén para no quemarte. Lo olvidaste en la mesa donde desayunaste. Ves otro trapo a lo lejos, pero más cerca, lo tomas, te regresas a la estufa. Sabes que en esos segundos una porción de calor ya se perdió, mueve el sarten hacia la mesa.

Ten a la vista la tapadera que, desde un principio cuando sacaste del refrigerador todos los ingredientes, sacaste. Con tus manos agarra la bolsa húmeda donde se encuentra el queso que ya vació en ella parte de su suero, espolvoréalo, es poco, pero tiene que cubrir todo el guiso, termina, coloca la tapadera. Chúpate los dedos que tienen queso, toma la cuchara, pásale un dedo y chúpalo, pero todavía no des el primer bocado al guiso, todavía falta para que todo este perfecto y listo.

Prende el cerillo, enciende la estufa, coloca el comal, pon en el ocho tortillas y ríete a recordar que cuando apenas llegaste a este lugar jurabas que en ese comal solo cavia la mitad de tortillas que ahora calientas. Deja que se calienten. Toma un vaso, un plato, un tenedor y dirígete a la mesa que esta a treinta pasos, en verdad es una cocina muy grande.

Ve a tu costado, tu perrita que también adquiriste aquí, regalo no dado de una voluntaria que la dejo, te sigue a todos lados porque tiene hambre, al igual que tú. Pon la mesa y regresa a la estufa con tu perrita todavía a un costado, costado del que nunca se va a separar de ti. En el momento que escribes esto, ella esta enfrente.

Agarra el sartén por el mango, ya no esta caliente, llévalo a la mesa. Saca las tortillas, colócalas sobre un plato café redondo, pon la otra tanda a calentar. Saca el agua del congelador, llévala a la mesa. Regresa. Saca las tortillas del comal, colócalas en el plato, y camina hacia la mesa, con tu perrita de nombre Valeria a un costado. Detente, vela, regresa donde los platos limpios, toma otro plato y renueva tu camino.

Siéntate en esa gran mesa para doce personas donde, casualmente en lugar de doce sillas o dos bancas, solo hay una silla. Prende el abanico, ve hacia el extremo opuesto donde esta la silla, levanta la tapa, mira como el queso se fundió con la carne, toma una cuchara bien servida y colócala sobre el segundo plato que trajiste, coloca ese plato en el suelo, justo alado de tu silla y ve como tu compañera de todos los días le da la aprobación a tu comida. Siéntate, sírvete dos cucharas, sírvete un vaso con agua, derrame un poco en la mesa, límpialo, toma el tenedor, respira.

Se consiente que no hay nadie ahí para respaldar el hecho de que por primera vez tuviste paciencia y esperaste hasta el final para saborear, que lo que no sabias hacer cuando llegaste, lo sabes hacer ahora y sonríe, otra vez sonríe, al comprender estas tú ahí para comprobarlo. Deja que el tenedor llegué a la comida y luego a tu boca y mastica.

Lo hiciste. Esta vez en verdad lo hiciste y siente como tu perrita se apoya contra tu pierna pidiendo más. Olvídate de todo protocolo, del tenedor, no hay nadie, hay emoción. Deja que tus manos sientan la tortilla partiéndose y el contacto de está con la carne. Cambia el vino tinto por una agua que sabe a Jamaica. Y sírvele tres tacos a tu perrita. Piensa en todas las decisiones que tuviste que tomar, en todas las decisiones que tuvieron que tomar los demás, en todas las decisiones que tuvo que tomar Dios para que estuvieses ahí, en ese preciso momento, en ese preciso lugar. Sigue lloviendo.

Termínate todo el sartén, acompañada de alguien que ahí está y que le hace falta un buen baño, pero no ahora porque se podría enfermar. Valeria quiere lamer la cuchara, el plato y el sartén y que más da. Recoge todo, llévalo hacia el lavadero, lávalo, ponlo a secar. Guarda la cebolla que quedo, limpia la mesa, tira el empaque del queso, guarde la media jarra de agua sobrante en el congelador, apaga el abanico, cédele el lugar a Valeria, sal y cierra la puerta.

Camina bajo la lluvia tenue que apenas sientes hasta el centro de computo. Sigue viendo “El secreto de sus ojos”, justo en la escena donde te dicen puedes cambiar de Dios, de nacionalidad, de nombre, de apellido, de cuerpo, de color de cabello, de todo, menos cambiar de pasión. Y ahora crees, y ahora sabes, y ahora comprendes que tu pasión es escribir. Que podrás estar en cualquier lugar, que podrás estar llorando, cocinando, peleando, conduciendo radio, que podrás haber estado hace once, hace ocho años, podrás estar dentro de cuatro, veinte años, donde quieras, cuando quieras pero escribiendo sin razón, sin justificación, solo porque es tu pasión.

Termina la película, por primera vez en tu vida pon el titulo antes de conocer el texto. Ve como contra todo pronostico a unos cuantos metros llega un compañero de radio, protegido, de la lluvia fuerte y persistente, con una sombrilla. Grítale para que te escuché, para que volteé a ver donde estas.

Ve como se queda en la baldosa y vete a ti misma caminando bajo la lluvia, diciendo interiormente “que chingaos, es solo agua” levantando los hombros, caminando con una seguridad que no sabias que tenias y pon punto final, aunque sabes, todavía no es el final.

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