Helena

Ayer la lluvia (Dios para los menos escépticos) lloró por una mujer. Una mujer que antier, cuando su nieto le cambio el suero, dio su último suspiro. Se quedo ahí, en la cama, con su piel arrugada, con la calidez de una abuela aunque estuviera muerta. Las lágrimas, el voceo de invitación al pueblo, dar la noticia a lo que están lejos para que se acerquen a dar el último adiós a un cuerpo, la llamada a la funeraria, sacar la ropa oscura, recibir a los amigos, pensar que nos gustaría cerrar los ojos, abrirlos y que todo fuese un sueño, que todos estuviésemos vivos, toco la puerta. Antier la muerte entro a la casa.

Estoy en la salida de la iglesia, en el marco de la acostumbrada gigante puerta. Es una iglesia pequeña, pintada de blanco con azul. En el piso se puede apreciar una reja con cuatro llantas que sostienen el ataúd. Esa hora de misa es la postergación del sueño de que la muerta va a despertar, que aunque tiesa, inerte, con unos ojos que ya no van a mirar, la podemos seguir viendo, podemos seguir teniendo el recuerdo intacto. Llega el momento de rociar el agua bendita sobre el cuerpo. Llega el momento de aceptar que ese cabello, ese ruido de pasos que andaban, esas manos que acariciaban, esos labios que hablaban, ya no van a existir en nuestro futuro tangente. Es la hora del adiós y veo como la familia se abraza al féretro, miran a través del espejo, tocan la madera que separa sus manos del cuerpo, es el último contacto, el último repaso.

La marcha fúnebre comienza con la lluvia que cae sin disculpas, con rebeldía, con conciencia. Enfrente va la banda, detrás los nietos mojados de cuerpo y alma, por dentro y por fuera, cargan las flores que adornan la soledad que se acerca. El cuerpo va detrás en la camioneta. Y a pasos más lejanos andamos un tumulto de mujeres, niños, los hijos y nietos de la difunta. Las mujeres van con sombrillas. Los demás soportando la lluvia, sintiéndola, sintiéndose limpios entre tanta tristeza. La canción de cielito lindo suena, pero nadie canta, nadie llora, algunos intentan escuchar el último mensaje que la vida tiene que dar, otros aguardan en silencio. La marcha entra al panteón, el cuerpo es cargado por los hijos, ahora si lloran, ahora si comprenden el peso que su madre soporto, no por la madera, no por el cuerpo, no por la distancia que separa la puerta de entrada de la tumba, sino por el peso de la vida, de los nueve meses, de forjar humanos, el peso de preservar un mundo que insiste en caerse.

Helena se llamaba y los recuerdos vienen a la mente y a la boca, le gustaba el baile, las bodas, las cervezas, el chisme y la alegría (la que ahora todos exorcizan). La tumba se acopla a la tierra, los gritos de la nieta vociferan, son gritos falsos, y que Dios me perdona si me equivoco, son gritos para llamar la atención, para exagerar un dolor que no se deja sentir por no saberse genuino. A quien en verdad siente, solo le veo sus ojos rojos arder, sus lágrimas caer, mirar la caja, es su dolor de nadie más, lo que le tiene que decir a la abuela, se lo esta diciendo ahora, sin palabras, como ella ahora sabe escuchar.

Se va la mujer, se va Helena, pero yo miro todo lo que dejo a su paso, que es más de lo que puedo imaginar. Ella era la vida, la mujer, la dadora del ser al no ser, cada rostro que ahí se encuentra, formando un circulo entre el agua que inunda la tierra, entre el lodo que se crea, son ramificaciones de su amor, de su deseo, de su pasión, de su educación. He ahí toda una generación que ha salido de un solo vientre que ahora tiene que descansar, he ahí personas originadas de su bondad, de su desprendimiento, de su cuerpo. Helena se integrara a la tierra que es otra mujer que le espera con los brazos abiertos. Ha dado vida aunque ahora este muerta. Ha creado existencia y por la eternidad se quedara entre la sangre que correrá por las venas de estos que existen, de aquellos que no sabemos como ni cuando, pero existieran y provendrán de ella. Helena es Diosa y Dios para cada Diosa tiene un ritual de respeto diferente. Ahí esta la lluvia, entre tanto calor, para darle una despedida fresca, para ablandarle la tierra, para que sepa que aquellos que estamos, estamos, con ella y con los suyos, contra viento y marea, para sentir el viento que mece su alma hasta los cielos.

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