Casera

Estoy pensando, seriamente, salir de mi cuarto, dirigirme al suyo y matar a mi casera. Es anciana, es frágil, no representaría problema alguno. Todo el mundo en casa duerme, nadie se daría cuenta. Simplemente tendría que tomar una de mis almohadas, recorrer el pasillo alfombrado, lo cual es bueno así no se escuchan mis pisadas. Después de unos cuantos pasos virar hacia la izquierda, llegar a su cuarto y girar la perrilla silenciosamente, empujar suavemente la puerta, entrar a la habitación. Caminar enfrente del peinador sin ver mi rostro en el espejo, rodear la cama, colocarme a un costado de donde se encuentra dormida, sujetar la almohada levantándola por encima de mi cabeza y de un solo golpe que quiebre el aire que rodea a mi casera, aplastar la almohada contra su cara, fuertemente, sin dejar espacios vacíos por los cuales pueda circular vida.

Se despertará, lo sé, se despertará, se sentirá impotente, angustiada, nerviosa, pedirá perdón, pero será demasiado tarde, no reduciré ni quitare presión, removerá las piernas agitada, removerá los brazos desesperada y después, después nada, se quedara inmóvil, tiesa. Dejaré la almohada por unos minutos más contra su rostro, no sea que la maldita esté actuando y cuando la retiré veré sus ojos y cerraré sus parpados con mis manos, besaré su frente tiernamente. Duerme casera, duerme, diré.

Regresaré a mi cuarto, comprobaré la alarma esté activada, me recostaré en la cama y me quedaré dormida unas cuantas horas. La alarma sonara, me bañaré y quizás mientras me enjabono escuché el grito desolador de la hija al encontrar a su madre muerta. No, no, no, así no será, nadie va a ver a la vieja tan temprano. Me bañaré, tranquilamente, desayunaré y me agitaré, si me agitaré, de nuevo he perdido valiosos minutos para llegar a tiempo a la universidad. Y sí, justo en ese momento, en el momento en que yo esté en clases, la muchacha del aseo subirá, llamara a la señora desde el otro lado de la puerta, al no encontrar respuesta entrará, le hablará, se acercará, la tocará y comprenderá. Ira al cuarto, justo enfrente del mío, de otra de las inquilinas, y le dirá.

Alguna de las dos, espantadas y llorosas, hablara a la oficina de la hija de la vieja, que se fue en la mañana sin despedirse de la madre. La hija llegará a la casa, llorará por algunos minutos arrodillada ante la cama tomando la mano izquierda de la vieja entre sus manos, luego avisará a sus hermanos. Hijos y nueras de la vieja llegarán y alguno traerá al doctor de la familia para que levante el acta de defunción y mientras esté dictamina la muerte se debió a un paro respiratorio, llegaré yo. Me habré persignado antes de entrar, entraré por la cocina, veré a todos tristes y serios y preguntaré que ha ocurrido, me sentarán y me dirán la noticia, pondré cara de confusión, diré “que” y me quedaré callada, inmóvil, con la vista perdida; mientras pienso como abrir el refrigerador y calentar la comida de ayer, sin parecer frívola, pues nadie ha hecho de comer y tengo hambre. La universidad me fatiga.

Si, así será, así mataré a mi casera. Pero… ¿Y sí cuanto entre al cuarto está despierta? Siempre se queja, aunque no se si sea verdad, de que no puede dormir, de que tiene el sueño muy ligero. ¿Y sí entro y cuando rodeé la cama me dice “¿Qué paso Itzia, que se te ofrece?” ¿Qué haré? Puedo decirle que se me figuró oír ruidos extraños y que venia a avisarle, pero ella vera la almohada en mis manos. A estas alturas de mi cuerpo y su hipocresía no creo que me crea que a causa de los ruidos me quiero dormir con ella como niña chiquita. Tendré que ignorar sus preguntas, ella seguirá preguntando, puede que la escuchen. Cuando intente asfixiarla, gritará, pedirá ayuda a su hija, las demás inquilinas escucharán y mientras la intento callar con un pedazo de almohada entrando por su boca, la puerta se abrirá, y las salvadoras correrán a ayudar a la vieja (¡Por Dios si ellas están igual de hartas de la vieja que yo!)Me juzgarán, me tacharán de asesina, de loca, de demente, de enferma, de, de, de, de, de, de….

¡No! La vieja no puede estar despierta esta noche, no puede pedir socorro, no puede quedar viva, no. Tiene que estar dormida, tiene que ser su muerte silenciosa, imperceptible y tiene que quedarse fría, inerte, en la cama. Si, tienen que entrar y encontrarla con su pijama blanca, con la pelona descubierta que ya no puede cubrir su rascuacha cabellera rojiza despeinada. Si. Estoy pensando, seriamente, salir de mi cuarto, dirigirme al suyo y matar a mi casera.

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