Yo vengo a decir que…

Me siento sola. Quizás es el hecho de que tengo insomnio a las dos de la mañana o que, en todos estos días, mientras casi todo el mundo duerme, yo estoy despierta y viceversa. Mi reloj biológico esta de cabeza. Quizás es el hecho de que necesito hablar con alguien, no desahogarme, simplemente saber que hay alguien. Son las dos de la mañana con treinta y dos minutos y no hay nadie. No puedo conciliar el sueño. Y me siento sola. ¿Sabes que es lo peor del caso? Que no tengo remitente. Estoy escribiendo por escribir.

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Casera

Estoy pensando, seriamente, salir de mi cuarto, dirigirme al suyo y matar a mi casera. Es anciana, es frágil, no representaría problema alguno. Todo el mundo en casa duerme, nadie se daría cuenta. Simplemente tendría que tomar una de mis almohadas, recorrer el pasillo alfombrado, lo cual es bueno así no se escuchan mis pisadas. Después de unos cuantos pasos virar hacia la izquierda, llegar a su cuarto y girar la perrilla silenciosamente, empujar suavemente la puerta, entrar a la habitación. Caminar enfrente del peinador sin ver mi rostro en el espejo, rodear la cama, colocarme a un costado de donde se encuentra dormida, sujetar la almohada levantándola por encima de mi cabeza y de un solo golpe que quiebre el aire que rodea a mi casera, aplastar la almohada contra su cara, fuertemente, sin dejar espacios vacíos por los cuales pueda circular vida.

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Helena

Ayer la lluvia (Dios para los menos escépticos) lloró por una mujer. Una mujer que antier, cuando su nieto le cambio el suero, dio su último suspiro. Se quedo ahí, en la cama, con su piel arrugada, con la calidez de una abuela aunque estuviera muerta. Las lágrimas, el voceo de invitación al pueblo, dar la noticia a lo que están lejos para que se acerquen a dar el último adiós a un cuerpo, la llamada a la funeraria, sacar la ropa oscura, recibir a los amigos, pensar que nos gustaría cerrar los ojos, abrirlos y que todo fuese un sueño, que todos estuviésemos vivos, toco la puerta. Antier la muerte entro a la casa.

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