Hace, casi, dos semanas

Culpable, dijo alguien sentirse hoy después de ver el documental de la matanza de Acteal en la universidad. Culpable, se escuchó otra voz. Culpables. Nos sentimos culpables de cuarenta y cinco muertes. Culpables, así nos sentimos, nosotros que teníamos seis o nueve años cuando la matanza ocurría. Culpables. No se trata solo de que alguien reciba la culpa, sino de que alguien sienta esa culpa. Culpables.

Culpables. ¿Culpables de qué? ¿De nacer en este hogar? ¿De poder pagar esta universidad? ¿De no ser indígena? ¿De no vivir esa realidad? Culpables. ¿Culpables de qué? ¿Nosotros, acaso, tomamos las armas, apuntamos y disparamos? ¿Acaso nosotros vimos como cuerpo a cuerpo desangrado caía? ¿Fuimos nosotros, entonces, los que amenazamos y condicionamos, por dinero, vidas? No, no somos culpables de eso y sin embargo, somos culpables.

Somos culpables. Y aceptamos la culpa. La culpa de haber estado tanto a tiempo ajenos a un dolor que clama justicia. Tenemos culpa de solo mirar hacia nuestro horizonte y de no voltear a los costados. Tenemos la culpa de no querer aceptar somos hermanos. Somos culpables de creer que la vida tan solo es  ”esto” (Y es muy cómodo creerlo). Somos culpables de no ver que la vida no es solo “esto” ni tampoco solo “aquello” que la vida es todo y somos todos. Y si tú lloras, yo lloro.

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