Cactucea

Hace, casi, un mes en mi clase de Literatura me dejaron de tarea leer “Bonsái”, un cuento, de Guadalupe Nettel. La trama se sitúa en alguna ciudad de Japón, donde un hombre casado, sin el deseo de tener hijos, asiste cada domingo, a espaldas de su mujer, sin ninguna razón aparente, a un parque cerca de su casa. En el parque hay un invernadero, el hombre, un día, curioso, irrumpe en el y se da cuenta, de la mano del jardinero experto que lo guía entre las plantas, que su naturaleza es la naturaleza propia de  un cactus. Lo acepta  y se vuelve más natural en su propia naturalidad (valga la redundancia necesaria)  al adoptar una postura, un “ser” en especifico que a la vez lo delimita y a la par potencia lo que es.

El protagonista se olvida de fingir una conducta que no es la suya, se olvida de querer ser algo que no es, para así ya no seguir traicionándose y esto, invariablemente, le trae consecuencias, lo hace que se replantee su vida tanto personal como matrimonial. El cuento termina con un hombre divorciado, al comprender su esposa y él no son la misma planta y ninguno puede, o debe, manipular su naturaleza para encajar con el otro y poder seguir juntos. El cuento termina, también, con este mismo hombre, aceptando (con todas sus consecuencias) lo que es y quiere seguir siendo.

Cuando terminé de leer el cuento, comprendí al personaje, lo comprendí como no lo pudo comprender su esposa. Me sentía igual a ese hombre. Entendía las razones por las cuales él hacia las cosas o las dejaba de hacer. Comprendía su justificación “Soy un cactus y los cactus somos así”. Sabía que solo yo podía entenderlo. ¿Cómo podía él explicarse, como podía explicar, que toda su vida, su existencia, que todo su ser se podría, y se contiene, en una planta? ¿Cómo podría el explicarle a los demás que es un cactus y que como tal tiene y quiere, y se siente más vivo, comportarse? ¿Cómo? No lo entenderían.

Y no lo entendieron. El salón entero en la clase de literatura, pensaba que el sujeto se había vuelto loco y yo lo llegué a pensar, también. Llegué a pensar que la analogía, el descubrimiento, no era sincero, sino una mera justificación del hombre para poder dejar de hacer ciertas cosas, dejar de ser esposo y nunca ser padre. Creí lo anterior, pero, ahora, no creo que sea así.

Y no lo creo porque acepté que yo, junto con él, soy un cactus. Somos cactus. Somos los seres que ven la lluvia a través de la ventana, mientras refugiados en la comodidad de la sequedad creamos, por medio de nuestros ojos, nuestra propia lluvia que después nos bebemos para sentirnos vivos. Somos los que nos apropiamos del sol, aunque no nos guste tanto.

Poder llegar a nosotros, poder tocarnos, no es sencillo. Nosotros mismos, concientes de lo que somos, nos llegamos a lastimar cuando queremos auto acariciarnos. Estamos resguardados por mecanismos de defensa, por apariencias, por mentiras, por manipulaciones y heridas. Estamos resguardados por espinas. Y nuestra propia naturaleza, nos dicta, que dejaremos que te acerques, haremos más blandas las espinas, más grandes los huecos entre ellas, pero cuando nos sintamos vulnerables, todo volverá a su sitio. Y puede que lo que hayas llegado a tocar, lo que hayas llegado a sentir, haya sido tan solo una mentira. Los cactus preferimos mentir a afrontar nuestra vida. Los cactus no nos aceptamos, nos reconocemos al saber que no nos gustamos.

Somos, en si, los que queremos llamar la atención y pasamos desapercibidos. Y vemos como otro, que no es cactus, es todo lo que nosotros habríamos querido ser, apenados bajamos la cabeza y comenzamos a imitarlo o a criticarlo. No, el panorama no es nada favorable, pero ese si, contrario a nuestra naturaleza, no solo lo reconocemos, sino que, también, lo aceptamos. Nos gusta el drama, nos gusta jugar a ser perfectos, nos gusta la irreverencia, la entrega adictiva y enferma, eso es lo que nos crea. No, no nos gusta lo que somos, pero si nos gusta lo que nos hace ser. El panorama no es nada claro.

A nosotros mismos nos pedimos el mundo, a los demás tan solo un poco de agua. Tan solo pedimos, que de vez en cuando, sean otras gotas, distintas a las nuestras, las que nos rieguen. Solo pedimos, que por una vez, alguien se arriesgué y logré tocarnos. No es que no nos guste, es que luchamos contra nosotros mismos para dejarnos. Solo pedimos que se den cuenta que estamos solos y nos sentimos extraños.

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Permalink 1 comentario

Una respuesta a “Cactucea

  1. amabilis insania

    En mi muy humilde opinion es de las mejores cosas que has escrito. Sigue asi.

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