Los muertos se nos están quedando sin vivos

Había niños despidiéndose de sus tíos, había niños despidiéndose de sus padres, otros que ni siquiera sabían que significaban las columnas grises que salían del suelo o desconocían el motivo de porque tenían que poner flores sobre azulejos amarillos.

Había viudas, embarazadas, prostitutas. Había borrachos arrepentidos que iban a visitar a quien quisieron más que la bebida, madres que fueron condenadas a enterrar a sus hijos, hijos que iban a visitar a sus padres. Había niños pidiendo de comer, había niños jugando con las flores, y mujeres y adolescentes que te acarreaban el agua desde el pozo hasta la tumba por diez pesos. Había tumbas olvidadas, desechadas, rotas, nunca construidas, había tumbas debajo del lodo, debajo del agua, había muertos sin tumbas, pero nadie lloraba. Hemos olvidado llorarle a los muertos, hemos olvidado llorar con ellos, los vivos lloramos por otros vivos o lloramos por nosotros mismos.

Había, casi, cada cien pasos, baños portátiles que cobraban dos pesos por entrar. El olor era insoportable, excremento con orines y basura tirada por todas partes creaban un ambiente nauseabundo alado de un puesto de tacos y enfrente de unas raspas. Había personas comiendo sobre las tumbas, descansando sobre las banquetas y hombres gordos, y sudorosos, levantándose la camiseta. Una pareja de novios se tomaba de la mano y un niño quería Chetos y nueces mientras su abuela caminaba con dificultad entre el gentío que una vez al año recuerda que existen los cementerios y que existen los que ya no existen por cobardes, por valientes, por accidente, por suerte, por destino.

Todo estaba inundado de niños desde los que están en brazos, hasta los que están caminando viendo cómo te pueden robar el celular. Escuchabas “marchanta” por todas partes, venta de flores, venta de vírgenes, de rosarios, de velas, te las daban a veinte la docena, si les decías que no, te volteaban la cara o te daban las gracias. Algunos comerciantes decían que el abrazo era gratis, pero nadie quería ser abrazado, todos se querían ir.

Caminos enredados, resbaladizos, flores robadas, flores tiradas, flores cultivadas, cerillos inservibles, salamanquesas, hormigas, alacranes, pasto creciente, vasos de veladoras oxidadas, nos adornaban el paso a tres mujeres cargando diez arreglos de flores en un cementerio municipal. A los muertos no se les puede cambiar de lugar, no se pueden sacar los restos y volverlos a enterrar en un mejor sitio, quien tenga el valor de exhumar tiene toda mi admiración, pero en mi familia somos cobardes, preferimos ir al lugar original donde nuestros muertos viejos fueron enterrados.

Todos llegaban y se iban al mismo tiempo, reclamaban a las tumbas por las deudas dejadas, por la herencia que no se les dejo, por la herencia que no les alcanzo. Las mujeres reclaman al hombre que dejó a tres bocas para alimentar. Otros se resignan, otros olvidan. Algunos pagan cuotas mensuales para que la tumba sea arreglada, vestida de flores cada semana. Nos olvidamos de los que están tres metros bajo tierra, recordamos solo cumpleaños, aniversarios, cuando la conciencia cala, cuando se extraña… ¿Si los extrañamos tanto porque no nos ensuciamos las manos, cambiamos el agua, cambiamos las flores, nos cercioramos de que las letras que dicen que “vivirán en nuestro corazón para siempre” aún se vean?

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